
El decimoquinto aniversario del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) debería ser un momento de celebración universal. Durante décadas, las trabajadoras domésticas lucharon incansablemente por esta victoria histórica, que estableció firmemente que el trabajo doméstico es, indudablemente, un trabajo real que merece derechos reales. Sin embargo, mientras delegados globales se reúnen para la conferencia "Trabajo Doméstico: De Derechos a Realidad" en Montevideo, del 3 al 5 de noviembre de 2026, una contradicción evidente pesa sobre los actos. Mientras los funcionarios celebran el progreso de los últimos quince años en las salas de conferencias, muchos de los líderes de base y organizaciones regionales que lucharon por estos derechos han quedado fuera de la sala.
Esta exclusión no es un descuido; es el resultado de una barrera estructural en la diplomacia laboral internacional que rutinariamente filtra las voces de trabajadores informales y profundamente marginados. La Agenda 2030 de las Naciones Unidas se basa en una promesa fundamental de "No dejar a nadie atrás", pero cuando los arquitectos de los estándares laborales globales cierran las puertas a las defensoras de base, esa promesa se rompe. Para entender cómo se pueden implementar realmente los estándares laborales internacionales, debemos comprender la diferencia entre los "derechos en papel" y la representación real, las barreras creadas por normas legales obsoletas y por qué el impulso global por un trabajo justo está fallando a las mismas personas que dice proteger.
La "Paradoja de Montevideo": Celebración vs. Exclusión
Uruguay ocupa un lugar profundamente simbólico en la historia de los derechos de las trabajadoras domésticas. Fue el primer país del mundo en ratificar la Convenio 189, sentando un poderoso precedente para el resto del mundo. Además, la capital acogió la Conferencia Regional sobre la Mujer de 2016, que dio origen a la Estrategia de Montevideo, una hoja de ruta vital elaborada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) con el objetivo de lograr la igualdad de género y construir una "Sociedad de Cuidado" en la región.
Dada esta rica historia, la conferencia de noviembre de 2026 en Montevideo se presentó como una cumbre progresista de alto riesgo. Pero pronto surgió una paradoja. A pesar de que el título de la conferencia prometía un cambio de "Derechos a la Realidad", la realidad del evento se definió por lo que las defensoras de base llaman "seleccionismo". Consideramos que la gran mayoría de las organizaciones regionales de base en América no fueron invitadas a participar en estos diálogos de alto nivel.
Esta exclusión sistemática da lugar a lo que en América Latina se conoce críticamente como tripartismo de papel. El tripartismo tradicional implica un diálogo igualitario entre gobiernos, empleadores y trabajadores. Sin embargo, cuando las instituciones internacionales seleccionan la lista de invitados para incluir solo "socios preferentes" o federaciones globales, los acuerdos resultantes parecen impecables sobre el papel pero carecen de las realidades duras y diversas de la fuerza laboral real. Una narrativa regional construida sin la mitad de las organizaciones de base de la región no es un consenso; es una cámara de eco.
La trampa de la representatividad: Por qué las reglas favorecen a los poderosos
Para entender por qué tantas organizaciones de trabajadoras domésticas están excluidas de foros internacionales, debemos analizar los marcos legales y estructurales de la propia OIT. En el centro del asunto está el Artículo 3 de la Constitución de la OIT, que exige que gobiernos e instituciones consulten con las organizaciones "más representativas" de empleadores y trabajadores.
Cuando se redactaron estas normas, las organizaciones "más representativas" eran típicamente grandes sindicatos industriales altamente formalizados con estructuras tradicionales de membresía. Pero el mundo del trabajo doméstico no se parece a una fábrica del siglo XX. A nivel mundial, el 81% de las trabajadoras domésticas operan en la economía informal. Debido a la naturaleza aislada, no regulada y a menudo precaria de sus empleos, las trabajadoras domésticas suelen organizarse a través de asociaciones de base, colectivos locales o confederaciones regionales en lugar de sindicatos tradicionales y legalmente formalizados.
Esto crea una "trampa de representatividad". Al aplicar estrictamente una norma diseñada para el trabajo industrial formal, el sistema internacional hace que la mayoría informal sea legalmente invisible. Esta estricta dependencia de la afiliación numérica u oficial contradice directamente el espíritu de la propia Recomendación 204 de la OIT, que explícitamente pide la transición de la economía informal a la formal y exige que los trabajadores informales sean incluidos en el diálogo social, independientemente del estatus sindical tradicional. Sociológica y legalmente, exigir que las trabajadoras domésticas cumplan con los estándares organizativos de las trabajadoras formales de fábrica antes de poder hablar es un método de silenciamiento estructural.
¿Qué está en juego? Salud, seguridad y la economía del cuidado
La exclusión de las voces de base de las mesas internacionales no es solo un desaire diplomático; tiene graves consecuencias humanas. El mundo está experimentando actualmente un cambio masivo hacia la "Economía del Cuidado", con organismos internacionales que abogan por los Sistemas Nacionales de Cuidado para reconocer y compensar el trabajo que sostiene a las sociedades. Pero estos sistemas no pueden construirse de forma segura ni justa sin la participación de quienes realizan el trabajo.
Los datos de salud relacionados con el trabajo doméstico son alarmantes. Los informes preparados para la conferencia de Montevideo destacan que un abrumador 90% de las trabajadoras domésticas sufre dolencias físicas, especialmente graves problemas musculoesqueléticos causados por un trabajo repetitivo, físicamente exigente y sin regulación. Además, aproximadamente el 65% de las trabajadoras domésticas reportan altos niveles de estrés psicológico y agotamiento.
Las decisiones relativas a la Seguridad y Salud Ocupacional (SSO) y la ampliación de la seguridad social se están debatiendo actualmente en Montevideo. Desde una perspectiva de salud pública y económica, las políticas de salud y salud laboral diseñadas de arriba abajo, sin las experiencias vividas de los trabajadores que se enfrentan a estos peligros diarios, están destinadas al fracaso. Las organizaciones de base aportan conocimientos esenciales "de abajo hacia arriba" sobre las crisis sanitarias específicas que enfrentan las trabajadoras domésticas en la sombra de la economía informal. Ignorarlas implica redactar políticas de salud y seguridad que nunca llegarán a los más vulnerables.
ATRAHDOM y la lucha centroamericana
Para ATRAHDOM y sus socios regionales, este problema global está profundamente arraigado en realidades locales. En noviembre de 2026, ATRAHDOM y SITRADOM expresan su firme protesta contra la exclusión de las organizaciones históricas de Trabajo Doméstico y del Hogar de participar en la conferencia de Montevideo. Para las trabajadoras domésticas centroamericanas, la representación es increíblemente alta.
La realidad diaria para las mujeres que trabajan en el trabajo doméstico en toda Centroamérica implica capas agravadas de vulnerabilidad. Estas trabajadoras se enfrentan a la migración forzada, niveles extremos de violencia de género y una falta sistémica y generalizada de cumplimiento del salario mínimo. Sus luchas requieren una defensa urgente, específica y, a veces, confrontativa.
Desde una perspectiva política y de género, las invitaciones "selectivas" que favorecen federaciones globales y comadrazgos a menudo terminan silenciando las luchas territoriales distintas de las mujeres marginadas en el Sur Global. La invisibilidad histórica del trabajo femenino simplemente se replantea cuando las instituciones internacionales evitan confederaciones regionales independientes que llevan décadas organizándose sobre el terreno. La postura de ATRAHDOM es clara: no se puede celebrar el 15º aniversario de un convenio global mientras se silencia a las mujeres centroamericanas cuyas luchas diarias ponen a prueba los límites de esos mismos derechos.
El verdadero progreso en el ámbito del trabajo internacional no se mide solo por el número de convenciones firmadas o la grandeza de las celebraciones en las capitales. Se mide por quién tiene derecho a ejercer la pluma cuando se escriben esas convenciones y hojas de ruta.
La "Paradoja de Montevideo" sirve como un recordatorio contundente de que la lucha por los derechos de las trabajadoras domésticas está lejos de terminar. Si se quieren cumplir las promesas del Convenio 189 y el mandato "No dejar a nadie atrás", la cultura del "seleccionismo" en el Mundo del Trabajo debe acabar. Para que los derechos laborales pasen del papel a la realidad, las instituciones deben pasar de definiciones rígidas y numéricas de representación a un modelo que abrace las voces territoriales, legítimas y diversas del sector informal.
Al concluir la conferencia de 2026, la comunidad internacional y el público en general deben exigir rendición de cuentas. Debemos apoyar el llamamiento a una "Hoja de Ruta" inclusiva, garantizar que los resultados de Montevideo reflejen las realidades de todas las trabajadoras domésticas, no solo de las socias preferidas. La mesa debe ampliarse, o los derechos que celebramos seguirán siendo una ilusión para los millones que aún trabajan en las sombras.
